
La ternura no ha fracasado
Lo que aprendí sobre la belleza viendo 1,155 capítulos de One Piece con mi hijo.
Estelar
La ternura no ha fracasado
Lo que aprendí sobre la belleza viendo 1,155 capítulos de One Piece con mi hijo.
- Autor
- Luna Miguel
- Sección
- Estelar
- Publicado
- 1 de junio de 2026
- Lectura
- 13 min
Es sábado, cuatro de abril de 2026. Paseo con mi hijo por el centro de Alcalá de Henares, de camino a la iglesia en la que mi marido tomará el bautismo esta misma noche de vigilia. Parece que a él la fe le entró así, de repente, justo un año antes, mientras respirábamos los tres el aire helado de las montañas de Montserrat. Por aquel entonces, mi hijo y yo también estábamos iniciándonos, sin saberlo, en otra suerte de religión algo más colorida, tierna y revolucionaria: aquella que inventó en Japón el mangaka Eiichiro Oda, hace casi treinta años. Así, mientras mi esposo aprendía a rezar himnos antiguos para sus adentros, mientras estudiaba griego, latín y hebreo para rizar en su lengua las rimas internas de aquel amor que le había dado un ganas renovadas de vivir; nosotros comenzábamos a entender la importancia de esa otra historia de héroes honestos y humildes, de esa otra Biblia aventurera, en la que un niño pequeño, parlanchín y soñador, después de comerse accidentalmente una Fruta del Diablo digna de Eva, se decidió a surcar los mares con tal de dar comienzo a la aventura de su vida y de la nuestra.
Lo supe muy al comienzo, durante el arco de Arlong Park, cuando Nami se clava un cuchillo en su propio brazo para arrancarse el tatuaje fascista que le obligaron a lucir de niña; también lo había visto unas pocas páginas antes, cuando el pirata Zeff da una lección de generosidad a Sanji, en aquel islote mortal, al borde de la inanición; y me lo iría encontrando en los arcos sucesivos, en las cientos de horas siguientes del anime, cada vez que a Monkey D. Luffy —el protagonista de la obra, acaso pequeño Odiseo infantiloide y sonriente, acaso descendiente de todas esas mitologías sacrificiales de Oriente y de Occidente, acaso dios benévolo, protector de las cosas bonitas— se le saltaban las lágrimas cuando veía a un ser vulnerable pasando miedo, frío o hambre. Más allá de lo que algún día se desvele qué es el intrigante tesoro que todos desean encontrar en esta obra, podríamos decir que, en su plano más filosófico, One Piece, de Eiichiro Oda, es la metáfora de la búsqueda insaciable de la justicia y de la belleza frente a la opresión y el egoísmo. El relato de la práctica de la ternura por encima de todos los gestos. Esa ternura que es sinónimo de caridad —¡no debe haber más amor que la caridad, dijo Simone Weil!—. Esa ternura que nos revienta el alma cuando escuchamos al héroe cantar «minami no shima wa atta ke-e paina purupuru atama pokopoko aho baka…» perdido en la isla de Skypea, tanto como esta noche de vigilia a mi esposo se le hincha el corazón cuando un monaguillo que desentona tanto como el mono, canta eso de «Señor, sacaste mi vida del abismo / me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa… ». Es entonces, ante esos acordes, cuando yo que soy atea de lo suyo, pero creyente de lo mío, pienso en que para lograr la convivencia entre dos formas de fe tan disímiles hace falta sentarse a pensar en aquello que nos une en la gracia, pero también en la conciencia de los actos de quienes muchas veces —¡y cada vez más, como si el Gobierno Mundial estuviera en busca y captura de nuestros deseos!— quieren separarnos de lo bello.
Decía que hoy es sábado, cuatro de abril de 2026, aunque en apenas unos minutos las campanillas llegarán a marcar el incienso de la medianoche. ¿Y a cuento de qué, cuando el obispo vierte agua sobre la coronilla de mi marido, se me ocurre apartar la mirada del altar por un instante y ponerme a pensar en todo lo que aprendí sobre la belleza viendo los 1,155 primeros capítulos de One Piece con mi hijo? Habrá que teorizar.
¿Me escuchas, Dios? Teoricemos. Porque, cuanto más bella es una cosa, más deseamos destruirla. No hablo ya del mundo en su completitud, redondamente perseguido, arrasado, calentado hacia su desaparición; sino de algo más pequeño, contenido en él, como lo es la humanidad o, más concretamente, sus afectos. Todo afecto humano es un enigma, y cuando ese afecto es bello, además, parece convertirse en amenaza. Lo he visto recientemente en lo que parece un ejercicio de armamento total contra la idea misma de ternura. Una cosita tan ínfima, tan suave, tan practicada desde las sombras, ha hecho poner los ojos en blanco a ciertos escritores y activistas, cuando otros escritores y activistas deciden situarla en el centro de su práctica. Pero es que poner en el centro una palabra no significa afear o marginar otras muy importantes para las luchas del presente: la rabia, por ejemplo; la conciencia de la diferencia, la paciencia, la atención, la generosidad y un corto etcétera. De un tiempo a esta parte, todo aquel que dice la palabra ternura puede ser fácilmente acusado de apolítico o hasta de cómplice. Pasó antes con el término “afecto” o con la insistente invitación —tras las visibilizaciones del #metoo— a pensar en otras formas de amor, otras expresiones de la sexualidad y otras formaciones de la familia; y pasó mucho antes con los cuidados, es decir, con la urgencia de reestructurar el trabajo y las horas precarias que este nos deja para el placer, el descanso, la socialización y, especialmente, la salud. ¿La afectividad? Mala. ¿La generosidad? Falsa. ¿El deseo? Guarro. ¿La dulzura? Egoísta. ¿La amistad? Imposible. ¿La fe? Estéril. ¿La risa? Demencia, ¡como la de Gol D. Roger! ¿Y la ternura? ¡La ternura es el peor de los infiernos!
En su libro De l’Amour, publicado en 1993, Dionys Mascolo definió la ternura en contraposición al desamor y al belicismo. Para él, la ternura es aquello que templa el deseo y «hace bajar las armas al cazador, al guerrero conquistador». Mascolo apuntó, además, que, aunque necesaria para la supervivencia del ser humano, la ternura siempre es «frágil y sospechosa» por su nobleza. Me acuerdo de estas palabras cuando, en mitad de la homilía, saco mi teléfono para buscar teorías sobre la idea de la bondad en las escrituras de Eiichiro Oda. Doy entonces con una lista innumerable de artículos y post en redes sociales que nada tienen que ver con las ideas del mangaka, pero sí con la palabra que ahora me ocupa. Son comentarios críticos, o más bien destructivos, para con los escritores que en tiempos bélicos —esto es, en días de profundo desamor— sugieren la necesidad de regresar a gestos dulces, capaces de seguir dándonos motivos para estar vivos. Aquí se insulta a quienes deciden explorar otros modos menos «odiantes», menos violentos e impositivos de batallar, como si acaso el desmoronamiento de la sanidad o la educación públicas no tuviera que ver, precisamente, con la nula conciencia afectiva de nuestra sociedad. El precio de la vivienda, el castigo al migrante o la paranoia conspiranoica hacia las iniciativas contra las violencias machistas son muestras de que, si no se practica, si no se ejercita y si no se promueve —lo advertía Alberto Olmos en Ejército enemigo, un libelo contra el estallido político de la juventud española de 2011— la solidaridad habrá fracasado.
Pero si esto lo tenemos tan claro, si sabemos que la ternura es necesaria, ¿por qué, como decía Mascolo, sospechamos de ella y en vez de cuidar su fragilidad, preferimos ser nosotros mismos quienes rompamos su cristal en mil pedazos?
Es que, cuanto más bello es algo, más deseamos destruirlo: «no me habléis de la necesidad de la ternura cuando tengo que levantarme a las seis de la mañana para ir a trabajar», dirán unas; «no me habléis de la dulzura cuando tengo dos trabajos para poder pagar el alquiler», diremos muchas; «no me habléis de la solidaridad cuando tengo que aguantar seis meses en una lista de espera para que me den cita con el ginecólogo», dirán, con razón, desesperadas; «al próximo que diga la palabra ternura te juro que lo mato», sentenciarán, codiciosos como York, traicioneros como Kanjuro, racistas como Charlos, infieles como Apoo, violadores de toda mueca posible de alegría como Doflamingo…
Sobre esta persecución de lo tierno ha escrito un libro emocionante la pensadora chilena Paz López. Se trata de Pánico y Ternura, un ensayo fragmentario bajo las enseñanzas de Anne Dufourmantelle —filósofa defensora de la dulzura como poder emancipador— en el que precisamente se habla de lo emotivo, lo dulce, lo bello y lo tierno como formas de encarar las revoluciones más dolorosas de la actualidad. López hace una defensa de la ternura lejos del lugar cursi —pijo, ¿fresa?— al que la estamos relegando con excesiva rabia. Es como si hubiéramos cedido ante la amenaza, comprando el marco en el que dicho término sólo quiere decir cosas flojas, cosas inútiles, cosas llenas de pétalos rosados, como la bandera pirata de Hiriluk. Es como si nos hubiésemos olvidado de que el lema «Ternura Radical» fue protagonista un día no muy lejano de las marchas feministas más combativas de la última ola: esas que velan por la horizontalidad y la transparencia, sin negar el enfado. La isla de Drum, ¿es menos rebelde por haber celebrado su liberación con un estallido de flores? En este sentido, y ante las voces que parecen desear el fracaso de lo bello, López recuerda las palabras de Georges Didi-Huberman a propósito de la emoción: «el término emoción fue empleado para describir un levantamiento, un disturbio político, una sedición». Y así, López retoma esa reconquista de lo emotivo, aplicándola a lo tierno, pues «¿no es la emoción una e-moción, es decir, una moción, un movimiento que consiste en ponernos fuera de nosotros mismos?».
La ternura es la capacidad de ponernos fuera de nosotros mismos y, para salir de uno mismo, hay que ser valiente como Nico Robin negándose a olvidar las sabidurías de Ohara. Para salir de uno mismo hay que conocer la rabia de Law —eterno huérfano—, pero también el vigor de los afectos cálidos de Rosinante —hermano, irónicamente, de uno de los mejores villanos de la obra—. Para salir de uno mismo, hay que renegar del afecto interesado —¡quizá lo que mató vuestra amistad es que tú siempre esperabas algo a cambio de cada pequeño gesto, Kizaru!, ¡amar es entregarse sin esperar nada a cambio!, ¡amar es comprender la distancia entre una y lo que se ama, citando otra vez a Simone Weil!—. Para salir de uno mismo hay que reconocer la dependencia. Y, como dice López, quizá deberíamos pensar que las dependencias no significan déficit tanto como potencia, esto es, libertades, esto es, «una dependencia no hacia algo o hacia alguien, sino una dependencia que nos desapega de las cosas para apegarnos al movimiento mismo de la vida».
Suena bonito leerlo así, me digo hacia el final de la vigilia, sentada en el suelo de la catedral de Alcalá y sosteniendo la mano de mi hijo, visiblemente aburrido por tantas horas de jaleo cristiano. Suena bonito, sí, pero ¿cómo aprenderlo? Eso no es fácil y nuevamente despierta las sospechas. «Al próximo que hable de ternura lo mato», ¿por qué? Entiendo el asco: la ternura no puede comprarse, aunque haya por ahí quien lo intente. La generosidad no puede emularse. Al afecto no puede obligarse, tampoco a la dulzura ni al cariño. Quizá por eso quien no lo recibe dude de quienes quieren darlo, o quizá por eso quienes nunca lo han dado sientan sus sentidos atrofiados a la hora de recibirlo. Ahí la fragilidad sugerida por Mascolo, ahí los hilos de esa nobleza que según él la ternura exige y que, personalmente, yo prefiero traducir como la búsqueda de un equilibrio entre empatía y honestidad. Por eso creo que la ternura no ha fracasado. Y por eso, cuando nos vamos los tres a dormir a casa, uno enteramente bendecido y los otros ateamente enamorados, pienso que aún no está todo dicho sobre esta manera de afectarnos.
Han pasado algunas horas de todo eso. Es domingo, cinco de abril de 2026, por la tarde. Dicen que esta madrugada, mientras dormíamos, Jesús resucitó. Además, el canal de Telegram en el que veo capítulos de One Piece pirateados acaba de subir el 1156 con subtítulos en castellano. Tras un parón de unos meses, mi hijo y yo asistimos al estreno de la nueva temporada de esta obra maestra. Estamos abrazados en los asientos que mi marido nos ha acomodado para este gran acontecimiento en su terraza de Arganzuela. Hay sol, la primavera se aclara. En la pantalla, la imagen de Usopp y Luffy abrazados camino de la isla de Elbaph nos hace sonreír, porque sabemos que aquí se dará la puntada a una de las tramas que sus protagonistas llevan esperando desde que comenzaron esta particular Odisea. Si ahora mismo, aquí abrazada al niño, me preguntasen qué es la ternura, diría que se trata de una forma de insistencia. Un salto de fe hacia el abismo de los deseos, pero también de los dolores. Porque tal vez lo que más me impresionó de One Piece desde que empezamos a devorarlo fue la obsesión de Eiichiro Oda, su creador, por alzar honestidad y empatía como los valores más destacables de sus personajes. O quizá como los únicos valores posibles para alcanzar la cierta plenitud, esto es, cierta sensación de victoria en mitad de la injusticia. Cada arco de One Piece, por pequeño que sea, cuenta con una voz infantil o un personaje secundario que primero destaca por su gran vulnerabilidad y luego por convertir lo frágil en su mayor fortaleza. Del propio Luffy a Chopper, de Momonosuke a Tontatta, de Bepo a Chimney, de Carrot a Otoko, pasando por la versión pequeñita de Kuma.
Leí por algún foro de nakamas que la meta de Oda es la celebración de la bondad. No en vano, nakama significa compañero —¿acaso camarada?—. El youtuber mexicano Daniel Porcayo, regente del canal X-Tops, no se cansa de repetir que One Piece es una obra profundamente política por el modo de abordar temas como la libertad o el autoritarismo. En resumen: la banda de Luffy, con sus momentos de humor y de ternura, luchan contra la corrupción del Gobierno Mundial y ciertos piratas oscuros. No es raro encontrar la bandera de One Piece en protestas reales, ya sea contra el genocidio de Gaza o las políticas de Trump. Como en la vida real, los mayores antagonistas del manga de Oda son los que sólo ansían destruir las cosas bellas —apropiárselas, colonizarlas, prohibir la risa o hasta el llanto, inyectar el hambre, cortar vínculos, incrementar nuestras diferencias, censurar ficciones o manuales de historia, cancelar voces disidentes, perseguir a quien vele por el amor o la ternura—. Es como si Oda hubiera visto hace ya mucho este armamento progresivo contra lo tierno. Como si más allá de las peleas y de las mitologías propias de un shōnen, el mensaje que late en su creación tuviera unas dimensiones más hondas. Una teoría filosófica de los afectos. Una llamada a la acción. «¿Cómo vas a ser tú el Rey de los Piratas, con esa apariencia tan frágil y tierna?», se burlan siempre y con socarronería todos y cada uno los enemigos del Sombrero de Paja. ¿Cómo va a ser tierno lo radical?, ¿cómo va a llegar a algo importante en la vida el que no se impone, sino que sugiere?, ¿el que es capaz de hacer una mueca de risa a la muerte? ¡Quiero vivir!
A veces la ternura es reír junto a quien amas. A veces la ternura sólo es un instante, me digo entonces, allí sentada, levantando el corazón hacia esta ficción que me une a mi hijo. «A veces la ternura aparece bajo la forma de un deseo, una imaginación», le leo después a Paz López, quien además precisa: «empezar de nuevo, aprender a mirar las cosas como cuando abrimos por primera vez los ojos, encontrarles un lugar en la lengua, hacer que de la lengua salgan palabras sutiles, amar los pequeños rasgos reunidos en una escena fugitiva».
El episodio se acaba, la Semana Santa concluye, lo bello permanece.
Sobre el autor
Luna Miguel vive en Barcelona. Lee, escribe y edita.
