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Haití, la revuelta eterna

Juan Martínez d'Aubuisson2026

Estelar
04Haití, la revuelta eterna

Estelar

Haití, la revuelta eterna

Autor
Juan Martínez d'Aubuisson
Sección
Estelar
Publicado
15 de junio de 2026
Lectura
14 min

Tocar campanas

En lo que fue un instituto público, cerca de Fort Nationale, en los linderos de ese diez por ciento de Puerto Príncipe que aún no ha caído en poder de los bandidos, se apiñan como pueden casi 200 familias. Han convertido aquello en un campo de refugiados.

Es 11 de marzo de 2025. Llegué hasta acá sorteando las barricadas de una ciudad crispada y con el martilleo constante e insoportable de los tiros como música de fondo. Ahí me reciben tres hombres jóvenes. Son los líderes de este campo. Salieron huyendo de diferentes lugares a finales de 2023.

Estos tres y sus familias llegaron hasta Carrefour-Feuilles; ahí se conocieron. Es un barrio obrero en el sudoeste de la ciudad y ahí se refugiaron unos meses, pero la pandilla del warlord Kaporal y su banda, los Gran Rabin—provenientes de un lugar con el mismo nombre y parte de la gran confederación de bandas Viv Ansannm—, los atacaron y les ganaron. Entonces huyeron nuevamente, se volvieron pastores de un gran rebaño de personas asustadas y terminaron en esta escuela el 17 de noviembre de 2024.

“Nosotros organizamos a la gente para vivir acá, pero más gente sigue viniendo, entonces hemos tenido que usar el techo de la escuela para que las familias hagan sus chabolas”, dice el líder de este lugar, un hombre alto y delgado de 29 años y padre de dos niños de ocho y doce. Él y sus dos lugartenientes me dan una especie de manual para huir. Me explican que debes tener al menos una olla y un poco de arroz, tus documentos y debes dormir con tus cosas valiosas puestas.

“Lo más importante es llevarte a los niños”, dice el líder y los otros dos asienten fuerte con sus cabezas. Los bandidos de la gran coalición Viv Ansannm han dejado muy claro que al llegar a un barrio no perdonan niños ni viejos. Masacran parejo; su rabia no observa años.

“Cuando llegan, si no estás listo, se pierden tus documentos y todas tus cosas, porque lo primero que hacen es prenderles fuego a las casas”, me dice el segundo al mando, de veintitrés años y padre de una niña de dos.

Doy un pequeño recorrido. Las aulas están abarrotadas y en algunas se apiñan hasta cinco familias. Cuando se abren las puertas, el olor te golpea la cara. Incluso los líderes, que viven con sus familias en aulas similares, deben cubrirse la nariz.

Luego subimos al techo.

Está lleno de carpas de plástico donde vegetan decenas de personas; algunos son ancianos o personas inválidas y, desde que los subieron acá hace meses, no han visto más que este tejado. Como es lógico, en los techos de los edificios no hay baño, así que deben usar baldes que luego vacían desde arriba, hacia la calle.

Antes de irme les pregunto a los muchachos: «¿Qué harán cuando lleguen las bandas hasta acá?» Me responden rápido, me explican que están bien organizados y que tienen diferentes comités, incluyendo el de seguridad. Me dicen que cuando las bandas lleguen cerca ya hay una persona encargada de tocar una campana.

—¿Y qué harán cuando toque la campana?—, les pregunto.

—Pues sabremos que vienen los bandidos...

Me responden.

En Haití hay más de un millón y medio de desplazados por la violencia. En todo Puerto Príncipe no existe un solo campamento oficial de refugiados. Cada semana decenas de familias pasan a engordar este número; cada barrio que se comen los bandidos de Viv Ansannm hace que cientos de familias transmuten de “vecinos” y se conviertan en cifras que pasan a vivir en los informes de Naciones Unidas o, con suerte, en un instituto abandonado.

Durante los últimos cuatro años, he tratado de entender las dinámicas socioculturales que rodean a este país olvidado del Caribe. Me resisto a considerar al país únicamente como una suma de desgracias y un montón de espaldas que huyen de unos tiros anónimos, sin origen. Los haitianos luchan entre sí en el ring de peleas en que se ha convertido su capital; sí, está claro. Pero sus luchas nacieron hace tiempo y tienen un sentido trágico, contraproducente, encriptado, pero un sentido al final.

Durante más de tres años he tratado de entender estos sentidos estudiando y conviviendo con la comunidad haitiana en diferentes lugares del mundo. Desde los campos improvisados de migrantes en Tapachula, México, hasta las comunidades arrasadas por el apartheid en Dominicana. De febrero a abril de 2025 estuve en Puerto Príncipe, la capital agónica de Haití. Esta es mi respuesta al caos.

Los que pelean

Para entender la violencia de Haití, concretamente de su capital, Puerto Príncipe—que es donde se concentra casi toda la violencia— me fue necesario crear una categoría nueva; una que expresara en pocas palabras el espíritu profundo de aquella violencia de apariencia tan desorganizada, tan caótica, tan… haitiana.

El concepto en cuestión es el de policonflicto. O su versión más estirada (en letras y en todo lo demás): un abanico de conflictos de participación masiva, multitrinchera, de intereses diversos. Es básicamente un escenario donde mucha gente pelea por motivos diferentes, contra diferentes enemigos en un mismo espacio, dando por eso la apariencia de ser caótico o de no tener ningún sentido. “La violencia por la violencia”. Para entender mejor estas palabras enredadas tenemos un ejemplo:

En mayo de 2025 una mujer del barrio Kenscoff decidió sumarse al conflicto y hacer su propia trinchera. Su barrio había sido devastado por los bandidos de la banda “Rompedores de Barreras”, que pertenece a la gran confederación de bandidos Viv Ansannm. Desde febrero de 2024 esta banda dejó de pelear contra otras bandas; creyeron en las palabras de un hombre, una especie de profeta de los bandidos haitianos llamado Jimmy Chérizier, mejor conocido como Barbecue. Se le unieron.

Fue complicado, tenían ya más de una década matándose entre sí, pero Chérizier les prometió que si trabajaban juntos, podrían hacerse fácilmente con la capital. Así fue, la ciudad ha caído casi completa en manos de Viv Ansannm; resiste un pedazo, pero es muy pequeño y está rodeado. Por eso, cuando en mayo del año pasado llegaron estos bandidos a Kenscoff, la mujer de esta historia no corrió. No había a dónde. Lo que sí hizo fue preparar empanadas, muchas empanadas, unas 80 según mis fuentes, 100 según otros, más de 200 según los narradores más aventureros. Dicen que las llenó de carne y les puso mucho condimento; les puso una mezcla de plantas comúnmente usadas para combatir orugas o plagas de insectos. Medios como CNN tradujeron esto como “aceite de orugas”, haciendo volar la imaginación de muchos al pensar que se trataba de un aceite venenoso extraído de alguna oruga. En realidad es un error de traducción. Sería más bien algo así como “aceite contra orugas”. Pero ella no tenía un problema de insectos, sus plagas eran de otro tipo.

Rellenó las empanadas de aquel ungüento y se las ofreció a los bandidos. Los medios internacionales que hablaron sobre este evento dicen que murieron 40 bandidos. Mis fuentes en Puerto Príncipe aseguran que fueron menos. Todos coinciden en que murieron al menos 20 hombres de la banda. La mujer huyó a entregarse a la policía dentro de esa pequeña fortaleza que aún sobrevive en la capital haitiana; la gente celebró esta matanza como si la selección haitiana hubiese ganado un partido del mundial.

Esa mujer abrió su propia trinchera, tenía su propio interés. Es parte ahora de los que pelean en Haití, es una guerrera más.

Viv Ansannm pelea y gana. Se ha comido ya casi toda la ciudad, pero ellos no son un grupo; son una confederación o incluso un frente común. Cada banda tiene sus propios intereses. Por el momento pelean por tomarse la ciudad; antes peleaban entre sí por el control del territorio, quizá cuando ya hayan matado la ciudad del todo vuelvan a pelear entre sí.

Por otro lado, pelea Samuel Joasil. Es un policía que ha decidido enfrentarse a las bandas y, junto a otros caudillos, ha organizado un pequeño ejército y defienden un pequeño pedazo de ciudad. Le llaman “la brigada”. Están en clara desventaja; defienden un espacio que apenas representa el diez por ciento de la ciudad, quizá menos. Y nivelan la falta de hombres y armas con brutalidad. Ante los ataques de Viv Ansannm ellos han resignificado una práctica antigua en Haití y le han dado un sentido y un nombre nuevo. La práctica consiste en quemar gente viva, y el nombre nuevo es Bwa Kale. De esta forma, cada vez que atrapan a una persona que creen que puede ser parte de Viv Ansannm o colaborador, la llevan a un lugar concreto, le ponen llantas sobre la cabeza y le prenden fuego. A algunos les arrancan antes las piernas o los pies para que no puedan correr, pero casi nunca los matan antes del fuego. Les dejan quemarse lento y retorcerse hasta volverse manchas negras y viscosas en el suelo.

¿Tienen los grupos de Samuel Joasil una ideología? En términos estrictamente académicos no. Si pudiéramos considerar una ideología la obsesión de sobrevivir, por cualquier medio, entonces sí.

¿Viv Ansannm entonces sí tiene una ideología? Si nos basamos más en lo que hacen que en lo que dicen, pues tampoco. A menos, claro está, que consideremos la obsesión con tomar Puerto Príncipe y aterrorizar a sus habitantes como una.

La fe del caos

En diciembre de 2024 enfermó Benson Altes, un niño en Wharf Jérémie, uno de los muelles de Puerto Príncipe. Era, según la descripción de los síntomas, una infección gástrica o respiratoria. La posibilidad de llevarlo a un hospital era casi nula, los hospitales de la zona fueron quemados por los bandidos de Viv Ansannm y las pocas ambulancias de Médecins Sans Frontières, que se aventuraban a llegar hasta acá, ya no lo hacen. Todo esto en buena medida por obra del padre del niño Benson. Un bandido que se hace llamar Rey Mikano y domina todo el barrio de Wharf Jérémie.

En su desesperación, el Rey Mikano recurrió al bokó o sacerdote vudú quien, luego de consultar con los loas—las deidades del vudú—, le dijo que su hijo había sido víctima de los hombres lobo, uno de los espíritus más temidos en la tradición haitiana.

Temidos, en este caso, no significa que los niños les tiemblen o que las abuelas los invoquen en cuentos para dormir. Los hombres lobo o loupus-garaun en creole haitiano, están tan presentes en la cultura que luego del terremoto de 2010 se reportaron varios linchamientos de adultos mayores en los campos de refugiados, luego de que se les acusara de ser responsables de las epidemias de cólera y otras enfermedades. Se les teme y se les odia por su supuesta inclinación por enfermar, raptar y echar maldiciones sobre los niños y mujeres embarazadas.

El bokó del bandido Rey Mikano le dijo que para salvar a su hijo debía matar a los hechiceros u hombres lobo de su barrio, así que Mikano envió a sus bandidos y mataron a 137 ancianos de la comunidad… el primer día. Al día siguiente, el 7 de diciembre, murió Benson y su padre dedicó cinco días más a matar vecinos. 207 víctimas en total; la masacre más numerosa en lo que va del siglo XXI.

El vudú no es un sistema de creencias especialmente violento; no lo es más que las religiones judeocristianas o el islam, simplemente es usado por quienes ejercen la violencia y por quienes tienen poder, como una forma más de oprimir a los ya oprimidos. Los bandidos actuales lo usan para legitimarse y legitimar su poder frente a los barrios, aludiendo a un sentido de espiritualidad muy presente en la cultura de los haitianos. Por ejemplo, en la zona de Croix-des-Bouquets gobierna a fuego y sangre “Lanmò Sanjou”, el líder de los 400 Mawozo, uno de los grupos armados más poderosos de Haití. Su poder radica en las armas, claro está, pero también en que se presenta él mismo como un bokó, un sacerdote con amplios poderes y con una relación cercana con las deidades loas. Esto lo pone en un lugar privilegiado de poder frente a las comunidades que gobierna y aterroriza.

Y esta forma de dominación no es algo que haya inventado Lanmò Sanjou. En los años 30 el dictador Duvalier ya se presentaba a sí mismo como una de las deidades del vudú. Decía ser el mismo Barón Samedi, o barón del sábado, el guardián de los cementerios y portero entre el mundo de los vivos y el de los muertos. De esta forma y con métodos de crueldad extrema contra todos sus adversarios políticos e ideológicos, consiguió gobernar durante 14 años y luego heredar la dictadura a su hijo Jean-Claude Duvalier, conocido como “Baby Doc”, quien gobernó otros 15 años.

Este uso del vudú para legitimar el poder de gobernantes y bandidos ha terminado por generar hacia afuera la idea de que es esta creencia parte del problema y que las causas de aquel caos tienen que ver con la fe que profesan las gentes que lo padecen. En realidad, el vudú es un sistema de creencias con una relación entrañable con los muertos y los ancestros, que da un lugar privilegiado a los ancianos dentro de la comunidad y pondera los valores de solidaridad y colectividad. De hecho, el vudú constituyó el espíritu ideológico de la independencia haitiana—la revolución de 1791—que terminó con la independencia haitiana en 1804 tuvo un fuerte componente religioso y estas creencias en los loas de origen africano fueron el motor que estimuló la lucha independentista. Se podría decir que el vudú fue en realidad el primer movimiento antiimperialista exitoso de América Latina y su uso como arma política de dominación es tan natural como lo ha sido la instrumentalización del cristianismo y el judaísmo.

Comer gente

La barbarie con la que se lleva a cabo el policonflicto haitiano ha sido tan brutal y tan pública, que las imágenes de hombres comiendo hombres, de cuerpos quemándose en piras de llantas en medio de la calle, de niños con fusiles, son las que han conseguido sobrepasar ese muro mediático que rodea a Haití.

Puerto Príncipe atraviesa un periodo barbárico, claro. Quizá uno de los más sangrientos de su historia. Sin embargo la prensa internacional y su forma de abordar la crisis en este país del Caribe ha girado en torno a estas acciones de violencia desmedida, a estas escenas de salvajismo exótico. La verdad es que los procesos haitianos van más allá de gente comiendo gente. La realidad es mucho menos hollywoodense que eso.

La crisis haitiana tiene que ver con la lógica de la política, una lógica antigua que comenzó en los primeros años de la independencia—a principios del siglo XIX—cuando se sacudieron la tiranía esclavista francesa y consiguieron derrotar a uno de los ejércitos más poderosos del mundo, el ejército napoleónico. Apenas seis años después de haber conseguido la independencia ya tenían un país dividido y un gobernante que se autoproclamó rey de Haití, el exesclavo Henry Christophe.

El trauma histórico de la esclavitud llenó toda la agenda política del nuevo rey autonombrado Enrique I de Haití. Estableció el trabajo forzoso, considerado como una nueva forma de esclavismo, y destinó una buena parte de los recursos de ese país nuevo a construir grandes fortalezas para repeler una posible invasión francesa. Sus súbditos se volvieron contra él, se organizó un derrocamiento, Enrique I de Haití terminó suicidándose en una de las fortalezas que construyó. Se disparó una bala de plata en el corazón. La tradición haitiana dice que sus allegados escondieron su cuerpo en uno de los muros de la gran fortaleza que erigió para defenderse contra fuerzas extranjeras. Luego de esto Haití entró en un periodo de caos político, el norte haitiano se llenó de caudillos que prometían tomarse el poder y gobernar para todos.

Si la historia es un flujo continuo, estas formas de entender el poder siguen en el torrente haitiano y debemos entenderlas para poder tener una visión holística y completa de la situación actual. Debemos entender que la barbarie es resultado de procesos complejos y largos, es el final de una cadena histórica y es justo en esta cadena que debemos centrar el análisis si queremos entender al Haití de hoy, aunque claro, siempre será más sencillo decir que en ese país la gente come gente.

Sobre el autor

Juan Martínez d’Aubuisson. Antropólogo sociocultural y cronista. Se ha enfocado desde 2008 en estudiar a las pandillas centroamericanas y la violencia social. Autor de los libros Ver, oír y callar, El Niño de Hollywood y El que tenga miedo a morir que no nazca. Premio Ortega y Gasset 2024 y Premio Gabo 2025.